← Volver al inicio

La Muerte de Nicanor

Género: Narrativa | Autor: Alevi Peña

Las celebraciones de los cien años duraron varios días. Rara vez un poeta puede recibir en vida los homenajes de su centenario, por lo que no se escatimó en gastos y se prodigaron los reconocimientos, las loas, los actos, las lecturas, inclusive los pies de cueca (nada menos que cien se bailaron a las puertas de la casa del poeta). También hubo celebraciones para sus 80, que son celebraciones que casi siempre se hacen esperando que sean las últimas. Las celebraciones con motivo de los 90 ya vienen con un sabor especial, debido a que se entiende que la persona ha superado los límites de la estadística, por lo que suelen ser mucho más ostentosas y efusivas que las de los 80. A partir de los 90 se celebra cada cumpleaños como si fueran diez, y se hacen ceremonias similares a responsos fúnebres en las que se recuerdan los logros y aportes del celebrado, como si implícitamente se estuviera asumiendo que ya no será capaz de hacer ningún aporte más. Una especie de fósil viviente. Cumplir los 100 años implica un hecho extraordinario, y trae consigo insólitas manifestaciones por parte de las personas y las instituciones. Basta con que el centenario respire, se mueva un poco, sople las velitas; no importa si parece medio embalsamado, no importa. La foto del obsceno número 100 sobre la torta; el veterano mirándola con expresión ausente. El poeta, el día de su centésimo cumpleaños, respira. Ya no recibe premios ni aparece en público. Aparentemente tampoco escribe. Pero respira. Pasan algunos días desde el cumpleaños y toda la euforia comienza a disiparse para dejar todo sumido en la apatía habitual. Se han dado casos de longevidad extrema en la historia, pero los que llegan a sobrepasar los 110 años son realmente muy pocos, tanto es así que existe en Los Ángeles, Estados Unidos, el Grupo Gerontológico de Investigación, fundado en 1990, que se dedica a buscar personas que hayan superado los 110 años de edad. A ellos se les da el nombre de supercentenarios. Cuando Nicanor llegó a los 101 desde luego que se hizo una celebración, pero estuvo lejos de tener la misma efusividad que la del centenario. Los 102 llegaron en medio de la conmoción producida por un terremoto, por lo que las celebraciones fueron austeras, y se limitaron más bien a su círculo cercano. Sólo hubo breves notas de prensa. Los 103 se aprovecharon para levantar la moral de las víctimas a un año del terremoto, y a medida que Nicanor cumplía años y se acercaba a los 110, las autoridades se dieron cuenta de que podían aprovechar el posible aunque poco probable supercentenario del poeta para desviar la atención de ciertas responsabilidades políticas. Se organizaron concursos literarios, se nombraron colegios, se descubrieron estatuas; se publicaron libros inéditos, estudios y biografías; se imprimieron volantes, gigantografías y pendones; se bautizaron calles e infantes, se escribieron tesis doctorales, se hicieron exposiciones, se recitaron poemas en colegios, universidades y reparticiones públicas; se hicieron peregrinaciones a la casa del poeta así como a su pueblo natal; se entrevistó a sus viejos editores, a sus hijos y nietos, se indagó en el pasado sentimental del centenario, se intentó catalogar su vasta biblioteca, se intentó que hiciera alguna declaración, algún comunicado: se intentó que saliera de su mutismo. A partir del cumpleaños 105 comenzó la preparación para la celebración del supercentenario, con diversas iniciativas de parte de oenegés y del Ministerio de Cultura. Los 106 llegaron con júbilo, los 107 con fervor, los 108 con solemnidad. Los 109 llegaron con incredulidad. Al parecer realmente era posible llegar a celebrar los 110. Las autoridades no cabían en sí de gusto, ya que su plan había funcionado a la perfección y habían sacado jugosos dividendos políticos de la espera de los 110. Se decretó feriado nacional el día en que Nicanor alcanzó por fin el supercentenario. Los ojos del mundo se posaron en estas tierras. Un supercentenario era motivo de atención mundial, pero a eso se sumaba la notoriedad literaria del personaje. Además, su mutismo contribuía a aumentar el misterio y la expectación, de ahí que no se hicieran grandes esfuerzos por hacer que el poeta hablara en público. Se decidió que cada nuevo cumpleaños después de los 110 se celebrara con un día de feriado nacional. Ante la eventual muerte de Nicanor, se cancelarían los feriados, pero ese día —el de su muerte—, pasaría a ser el Día Internacional del Poeta Supercentenario. Un acuerdo entre el gobierno y la UNESCO lo dejó estipulado. Los 111 se celebraron de manera apoteósica, casi como si se hubiera ganado un mundial de fútbol. Para los 112 se llevó a cabo una larga ceremonia, solemne, «cargada de simbolismo» según la prensa, en la que se aprovechó de conmemorar los diez años del terremoto que asolara gran parte del país. Los 113 trajeron consigo, al igual que los 109, incredulidad. De ahí en adelante la espectacular sobrevivencia de Nicanor comenzó a ser monitoreada con suma atención por parte del público, y sobre todo por parte de las autoridades y estamentos médicos. Se le consultó a la familia si éstos autorizarían un equipo médico permanente en la casa del poeta, con el fin de llevar a cabo un monitoreo exhaustivo de sus condiciones de salud. Se negaron rotundamente. Una delegación del GRG (sigla en inglés del Grupo Gerontológico de Investigación) se hizo presente. Hubo una gran expectación mediática, y el círculo familiar se cerró alrededor del poeta supercentenario. Los años pasaban y Nicanor se acercaba a la marca de 120 años del japonés Shigechiyo Izumi. Pese a no estar reconocido oficialmente, la edad de 120 pasaba a constituir un hito rarísimo. La persona (entiéndase hombre o mujer) más longeva oficialmente registrada y documentada es la francesa Jeanne Calment, que vivió 122 años y 164 días, teniendo como el otro gran hito dentro de su biografía haberle vendido unas telas en blanco a Van Gogh. Al cumplir 116 años y 55 días Nicanor superó a Jirōemon Kimura, el varón más longevo registrado hasta entonces, también del Japón. Pasó a ser entonces Nicanor el hombre más longevo de mundo, de ser falsa la marca de Izumi. Nicanor superó olímpicamente los 117 y los 118, en medio de la algarabía generalizada. Sus cumpleaños eran noticia mundial. Al llegar a los 119 años, el júbilo popular y gubernamental se salía de cualquier escala. Su lugar de residencia se transformó en una atracción turística de notoriedad mundial, lo que trajo jugosos dividendos para el municipio y medidas especiales de parte del ministerio de turismo. Se mejoró la infraestructura vial, hotelera y gastronómica; se creó un museo asociado a la figura del poeta en la localidad, incluso se decidió rebautizar su pueblo natal como Nicanor. El supercentenario superó finalmente los 120 años, convirtiéndose oficialmente en el hombre más longevo registrado en la historia. Mucha gente comenzó a preguntarse entonces si llegaría a superar los 122 años y 164 días de Calment, para pasar a convertirse en el ser humano más longevo de la historia. Muchos lo dudaron. La presión de los organismos oficiales por monitorear la condición de salud del poeta supercentenario se hizo mucho más férrea. Finalmente, los familiares autorizaron a regañadientes que una comisión médica evaluara a Nicanor con fines científicos. Se comprobó más allá de toda duda su excelente condición de salud. El acoso editorial también creció exponencialmente. El hecho de que el poeta estuviera derribando marcas de longevidad como palitroques significaba que el valor de su material inédito crecía, pero también que se dificultaba enormemente el acceso a éste, debido a la negativa por parte del autor de dar a conocer la totalidad de sus escritos. Además, confusos trascendidos se filtraban desde el círculo familiar: algunos afirmaban que el poeta continuaba escribiendo habitualmente; otros que había dejado de hacerlo hacía años. Una muerte en el momento justo podía significar acceso ilimitado de los editores al material del poeta, a la vez que aumentar considerablemente su valor monetario. En suma, los ojos del mundo se hallaban puestos en este pequeño país y su poeta supercentenario. Cuando Nicanor cumplió los 122 años y 165 días se convirtió en la persona más longeva de la historia. La cuenta regresiva para ese momento se siguió en todo el mundo con una vigilia especial de los medios en la casa del poeta. Se usaron cámaras-dron para intentar obtener alguna imagen del poeta al interior de su casa, pero la familia había tomado resguardos instalándose en una habitación interior. La expectación periodística no decreció con el pasar de los días. Medios de todo el mundo hacían guardia día y noche fuera de la casa de Nicanor. Una que otra imagen dudosa salió a la luz. Finalmente, la expectación terminó por decrecer y la calma volvió al pueblo del poeta. Las autoridades, por su parte, se frotaban las manos, satisfechos. Su posición era inmejorable: escudados de la atención pública gracias a las celebraciones del supercentenario más longevo, habían hecho de las suyas con reformas constitucionales y leyes a la medida. Era la fachada perfecta, y ellos la alimentarían a como diera lugar. Pero el tiempo siguió su curso y la edad del poeta seguía aumentando. Ahora no solo se contaban los años y los meses; cada día era contado. Nicanor llegó a los 123, a los 124, a los 125 años. Paulatinamente las personas comenzaron a darse cuenta de que Nicanor no se moría. La algarabía comenzó a trocarse en estupor e incredulidad. El GRG realizó exhaustivas investigaciones para confirmar y reconfirmar la edad del poeta; chequeó la autenticidad de su partida de nacimiento en numerosas ocasiones para encontrarse siempre con el mismo resultado: que todo era auténtico, y que la edad estaba confirmada. Por su parte las autoridades, tan felices antes, comenzaron a preocuparse. Organismos internacionales, de forma muy discreta, comenzaron a hacerle ver al gobierno que la longevidad de este hombre se estaba convirtiendo en un asunto estratégico. Por muchos años se había estudiado a los supercentenarios con el objetivo de encontrar alguna característica genética que permitiera comprender el envejecimiento e incluso —según los expertos más temerarios— llegar a detenerlo. Discretamente comenzaron a hacerse presentes los servicios de inteligencia de países desarrollados para obtener información acerca de la extraordinaria longevidad de Nicanor. Intentaron analizar sus genes, sus hábitos, su historial familiar, todo con el fin de obtener y eventualmente sintetizar el secreto de su longevidad. Uno de los agentes que habló con la familia dejó escapar la palabra: inmortalidad. Se habló seriamente de casos, de alguna especie de disfunción biológica. La familia no daba crédito a sus oídos. Si la persona —el «paciente»— no moría naturalmente, habría que escenificar una muerte fingida para la opinión pública. Un caso de «suspensión del cese de signos vitales» jamás podía llegar al conocimiento general. Una vez que la «muerte» era escenificada, el paciente era trasladado a instalaciones especiales en donde se le estudiaría y monitorearía las 24 horas. Se le otorgarían todas las comodidades posibles, y la familia recibiría un «muy interesante incentivo económico». Desde luego aquel ofrecimiento no era opcional. El paciente pasaba a ser, a partir de ese momento, material clasificado altamente sensible. Los familiares comenzaron la batalla legal para repartirse la recompensa económica. Nicanor murió oficialmente a la extraordinaria edad de 126 años y 237 días. Se publicaron varios volúmenes con sus inéditos, y sus originales alcanzaron valores estratosféricos en subastas. Las regalías por concepto de derechos de autor, sumadas al «incentivo» de los servicios de inteligencia, dejaron a varias generaciones de descendientes asegurados —y enemistados. Su entrada en Wikipedia lo registró, junto con sus galardones literarios, como el ser humano más longevo de la historia. Su longevidad y su literatura fueron motivo de estudio por muchas décadas. 

Luego que la persona ya se había diluido completamente en el mito, emergió un extraño rumor. En un programa nocturno de temas misteriosos apareció un supuesto informante, exagente de inteligencia. Por supuesto su rostro estaba oscurecido y su voz alterada electrónicamente para proteger su identidad. Una de las cosas que dijo fue que el secreto de la inmortalidad biológica humana había sido descubierto hacía tiempo, y que se encontraba en manos de la élite de poder. El entrevistador pidió más detalles. El exagente refirió una experiencia que vivió años antes cuando estaba destinado en una instalación ultrasecreta. En ella supuestamente había tenido contacto con una persona que, para ese entonces, ya contaba con 203 años. Dijo que en los genes de ese hombre habían localizado el secreto. Estaba escrito en su ADN, en el código de su cuerpo. Su cuerpo mismo era el cifrado de ese secreto. Decía haber sido poeta, pero su sentido de la realidad se hallaba completamente trastocado por su longevidad y por el encierro. Trágicamente, al parecer este hombre no podía morir. Estas declaraciones —casi por completo ignoradas por el público— fueron rumor durante un tiempo en los círculos conspirativos, hasta que, como todo lo extraño y lo inusual, fueron cayendo lentamente en el olvido de la vida corriente.

© Alevi Peña